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lunes, 1 de julio de 2013

El rey y su ministro


Una vez estaba hablando apartadamente el Conde Lucanor con Patronio, su  consejero, y le dijo:
-Patronio, un hombre ilustre, poderoso y rico, no hace mucho me dijo de modo  confidencial que, como ha tenido algunos problemas en sus tierras, le gustaría  abandonarlas para no regresar jamás, y, como me profesa gran cariño y confianza, me  querría dejar todas sus posesiones, unas vendidas y otras a mi cuidado. Este deseo me  parece honroso y útil para mí, pero antes quisiera saber qué me aconsejáis en este  asunto.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, bien sé que mi consejo no os hace mucha  falta, pero, como confiáis en mí, debo deciros que ese que se llama vuestro amigo lo ha  dicho todo para probaros y me parece que os ha sucedido con él como le ocurrió a un  rey con un ministro.
El Conde Lucanor le pidió que le contara lo ocurrido.
-Señor -dijo Patronio-, había un rey que tenía un ministro en quien confiaba mucho.  Como a los hombres afortunados la gente siempre los envidia, así ocurrió con él, pues  los demás privados, recelosos de su influencia sobre el rey, buscaron la forma de hacerle  caer en desgracia con su señor. Lo acusaron repetidas veces ante el rey, aunque no  consiguieron que el monarca le retirara su confianza, dudara de su lealtad o prescindiera  de sus servicios. Cuando vieron la inutilidad de sus acusaciones, dijeron al rey que  aquel ministro maquinaba su muerte para que su hijo menor subiera al trono y, cuando él tuviera la tutela del infante, se haría con todo el poder proclamándose señor de  aquellos reinos. Aunque hasta entonces no habían conseguido levantar sospecha en el  ánimo del rey, ante estas murmuraciones el monarca empezó a recelar de él; pues en los  asuntos más importantes no es juicioso esperar que se cumplan, sino prevenirlos cuando  aún tienen remedio. Por ello, desde que el rey concibió dudas de su privado, andaba  receloso, aunque no quiso hacer nada contra él hasta estar seguro de la verdad.
Quienes urdían la caída del privado real aconsejaron al monarca el modo de  probar sus intenciones y demostrar así que era cierto cuanto se decía de él. Para ello  expusieron al rey un medio muy ingenioso que os contaré en seguida. El rey resolvió  hacerlo y lo puso en práctica, siguiendo los consejos de los demás ministros.
Pasados unos días, mientras conversaba con su privado, le dijo entre otras cosas  que estaba cansado de la vida de este mundo, pues le parecía que todo era vanidad. En  aquella ocasión no le dijo nada más. A los pocos días de esto, hablando otra vez con  aquel ministro, volvió el rey sobre el mismo tema, insistiendo en la vaciedad de la vida  que llevaba y de cuanto boato rodeaba su existencia. Esto se lo dijo tantas veces y de  tantas maneras que el ministro creyó que el rey estaba desengañado de las vanidades del  mundo y que no le satisfacían ni las riquezas ni los placeres en que vivía. El rey, cuando  vio que a su privado le había convencido, le dijo un día que estaba decidido a alejarse de  las glorias del mundo y quería marcharse a un lugar recóndito donde nadie lo conociera  para hacer allí penitencia por sus pecados. Recordó al ministro que de esta forma  pensaba lograr el perdón de Dios y ganar la gloria del Paraíso.
Cuando el privado oyó decir esto a su rey, pretendió disuadirlo con numerosos  argumentos para que no lo hiciera. Por ello, le dijo al monarca que, si se retiraba al  desierto, ofendería a Dios, pues abandonaría a cuantos vasallos y gentes vivían en su  reino, hasta ahora gobernados en paz y en justicia, y que, al ausentarse él, habría  desórdenes y guerras civiles, en las que Dios sería ofendido y la tierra destruida.   También le dijo que, aunque no dejara de cumplir su deseo por esto, debía seguir en el  trono por su mujer y por su hijo, muy pequeño, que correrían mucho peligro tanto en  sus bienes como en sus propias vidas.
A esto respondió el rey que, antes de partir, ya había dispuesto la forma en que el  reino quedase bien gobernado y su esposa, la reina, y su hijo, el infante, a salvo de  cualquier peligro. Todo se haría de esta manera: puesto que a él lo había criado en  palacio y lo había colmado de honores, estando siempre satisfecho de su lealtad y de sus  servicios, por lo que confiaba en él más que en ninguno de sus privados y consejeros, le  encomendaría la protección de la reina y del infante y le entregaría todos los fuertes y  bastiones del reino, para que nadie pudiera levantarse contra el heredero. De esta manera, si volvía al cabo de un tiempo, el rey estaba seguro de  encontrar en paz  y en orden cuanto le iba a entregar. Sin embargo, si muriera, también sabía que serviría  muy bien a la reina, su esposa, y que educaría en la justicia al príncipe, a la vez que  mantendría en paz el reino hasta que su hijo tuviera la edad de ser proclamado rey. Por  todo esto, dijo al ministro, el reino quedaría en paz y él podría hacer vida retirada.
Al oír el privado que el rey le quería encomendar su reino y entregarle la tutela del  infante, se puso muy contento, aunque no dio muestras de ello, pues pensó que ahora  tendría en sus manos todo el poder, por lo que podría obrar como quisiere.
Este ministro tenía en su casa, como cautivo, a un hombre muy sabio y gran  filósofo, a quien consultaba cuantos asuntos había de resolver en la corte y cuyos  consejos siempre seguía, pues eran muy profundos.
Cuando el privado se partió del rey, se dirigió a su casa y le contó al sabio cautivo  cuanto el monarca le había dicho, entre manifestaciones de alegría y contento por su  buena suerte ya que el rey le iba a entregar todo el reino, todo el poder y la tutela del  infante heredero.
Al escuchar el filósofo que estaba cautivo el relato de su señor, comprendió que  este había cometido un grave error, pues sin duda el rey había descubierto que el  ministro ambicionaba el poder sobre el reino y sobre el príncipe. Entonces comenzó a  reprender severamente a su señor diciéndole que su vida y hacienda corrían grave  peligro, pues cuanto el rey le había dicho no era sino para probar las acusaciones que  algunos habían levantado contra él y no por que pensara hacer vida retirada y de  penitencia. En definitiva, su rey había querido probar su lealtad y, si viera que se  alegraba de alzarse con todo el poder, su vida correría gravísimos riesgos.
Cuando el privado del rey escuchó las razones de su cautivo, sintió gran pesar,  porque comprendió que todo había sido preparado como este decía. El sabio, que lo vio  tan acongojado, le aconsejó un medio para evitar el peligro que lo amenazaba.
Siguiendo sus consejos, el privado, aquella misma noche, se hizo rapar la cabeza y  cortar la barba, se vistió con una túnica muy tosca y casi hecha jirones, como las que  llevan los mendigos que piden en las romerías, cogió un bordón y se calzó unos zapatos  rotos aunque bien clavados, y cosió en los pliegues de sus andrajos una gran cantidad de  doblas de oro. Antes del amanecer encaminó sus pasos a palacio y pidió al guardia de la  puerta que dijese al rey que se levantase, para que ambos pudieran abandonar el reino  antes de que la gente despertara, pues él ya lo estaba esperando; le pidió también  que todo se lo dijera sin ser oído por nadie. El guardia, cuando así vio al privado del rey,  quedó muy asombrado, pero fue a la cámara real y dio el mensaje al rey, que también se  asombró mucho e hizo pasar a su privado.
El rey, al ver con aquellos harapos a su ministro, le preguntó por qué iba vestido  así. Contestó el privado que, puesto que el rey le había expresado su intención de irse al  desierto y como seguía dispuesto a hacerlo, él, que era su privado, no quería olvidar  cuantos favores le debía, sino que, al igual que había compartido los honores y los  bienes de su rey, así, ahora que él marchaba a otras tierras para llevar vida de  penitencia, querría él seguirlo para compartirla con su señor. Añadió el ministro que, si  al rey no le dolían ni su mujer, ni su hijo, ni su reino, ni cuantos bienes dejaba, no había  motivo para que él sintiese mayor apego, por lo cual partiría con él y le serviría siempre,  sin que nadie lo notara. Finalmente le dijo que llevaba tanto dinero cosido a su ropa que  nunca habría de faltarles nada en toda su vida y que, pues habían de partir, sería mejor  hacerlo antes de que pudiesen ser reconocidos.
Cuando el rey oyó decir esto a su privado, pensó que actuaba así por su lealtad y  se lo agradeció mucho, contándole cómo lo envidiaban los otros privados, que  estuvieron a punto de engañarlo, y cómo él se decidió aprobar su fidelidad. Así fue  como el ministro estuvo a punto de ser engañado por su ambición, pero Dios quiso  protegerlo por medio del consejo que le dio aquel sabio cautivo en su casa.
Vos, señor conde, es preciso que evitéis caer en el engaño de quien se dice amigo  vuestro, pero ciertamente lo que os propuso sólo es para probaros y no porque piense  hacerlo. Por eso os convendrá hablar con él, para que le demostréis que sólo buscáis su  honra y provecho, sin sentir ambición ni deseo de sus bienes, pues la amistad no puede  durar mucho cuando se ambicionan las riquezas de un amigo.
El conde vio que Patronio le había aconsejado muy bien, obró según sus  recomendaciones y le fue muy provechoso hacerlo así.
Y, viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro e  hizo estos versos que condensan toda su moraleja:

No penséis ni creáis que por un amigo
hacen algo los hombres que les sea un peligro.

También hizo otros que dicen así:

Con la ayuda de Dios y con buen consejo,
sale el hombre de angustias y cumple su deseo.